martes, 24 de octubre de 2017

¿Quién se robó el verde?

Al Pico de Igua y al cerro Angola, majestuosidades verdes que contemplaba en San José de las Matas, junto a mis padres Joaquín Luciano y Dilia López, cuando aún no les habían robado el verde. Cuando era niña pasaba horas observando de lejos las montañas con sus vestidos verdes. Imaginaba su olor a hierba, a follaje, a tierra recién mojada y esperaba ansiosa la llegada del verano para tocar de cerca las plantas, reconociendo a ciegas las hojas por su tamaño y textura. El olor de un caimito con su disfraz de dos tonos, que semejaba la hipocresía, desgranaba el asombro. La naturaleza madrugaba encantos que despertaba el rocío. Por años, que parecieron instantes, me marché al reino del azul. Al regresar noté que reinaba el marrón. Los había de todos los tonos y matices, porque alguien se había robado el verde. ¿Quién le robó el verde a la montaña? -pregunté. -¿Cuál verde? -respondieron los niños. -El verde -dije, señalando a la montaña El asombro en sus miradas me hizo comprender que nunca habían estado en ese reino. Por horas les conté historias vividas y juntos compartimos la fantasía del verde. ¡Pintemos el mundo de verde!, dijo una niña. Y lápiz y papel en mano trajeron de vuelta al verde, en un viaje timoneado por la imaginación. ¿Quién le robó el verde a la montaña? -preguntaron a coro los niños. ¿Quién le robó el verde a la montaña, aña, aña, aña...? -preguntó el eco tartamudo, grabando su voz en las montañas vecinas que la hicieron llegar hasta los duendes que habían huido junto al verde. ¿Quién le robó el verde a la montaña? -preguntaron los duendes y las ninfas que vivían a su lado. Y juntos hicieron un plan para devolver sus sueños a los niños. Los duendes y ninfas regalaron un pedacito de verde a cada niño. A algunos les entregaron semillitas. Y, desde el amanecer hasta el anochecer, decenas de niños se fueron a la montaña y la poblaron de verde. En algunos rinconcitos regaron semillas que, tiempo después reverdecieron. A partir de entonces un gigante duerme al canto de nadas que entonan los duendes y ninfas encargados de cuidarlo. Y nunca más han permitido que huya el verde. Y cuando algún curioso lo hiere, se aseguran de que pague su osadía, sembrando diez semillas que, al plantarlas, hacen eterno el verdor.

Margarita Luciano ganó con esta obra el Premio Nacional de Literatura Infantil Aurora Tavárez Belliard, 1998-1999

domingo, 23 de julio de 2017

La literatura infantil de Pedro Henríquez Ureña

Pedro Henríquez Ureña con su familia.

Por: Dra Margarita Luciano López

Pedro Nicolás Federico Henríquez Ureña, llamado Pibín por sus familiares, tuvo el privilegio de nacer en una familia de intelectuales, que cultivó en sus hijos, desde pequeños, el hábito de leer, de participar en tertulias literarias, que con frecuencia se desarrollaban en su casa, de producir boletines y periódicos literarios que circulaban en la familia y luego entre los amigos, de fundar revistas y grupos literarios, en los que participaba la intelectualidad dominicana de la época y de otros países donde vivieron, de asistir a funciones teatrales en las que se presentaban las obras de Shakespeare, dramaturgo por el cual mostró afición, a muy temprana edad y conciertos de música clásica que cultivaron su gusto por la buena música; en fin, de participar en múltiples actividades de cultivo de su intelecto.
Cuando nació, el 29 de junio de 1884, su madre, Salomé Ureña y su padre Francisco Henríquez y Carvajal, según señala Guillermo Piña Contreras (1), “desempeñaban un importante papel en el mundo cultural y político de la República Dominicana, como ya antes lo habían hecho sus respectivas familias, los Ureña y los Henrìquez”. También expresa el autor que “la Restauración de la República fue un estímulo para las artes y la cultura en Santo Domingo”, razones, entre otras, que motivaron la participación de sus padres.

Don Pedro Henríquez Ureña

Junto a Eugenio María de Hostos, su madre Salomè Ureña fundó el Instituto de Señoritas, a través del cual la mujer dominicana pudo acceder, por primera vez, a la educación superior. Esta institución funcionaba en el hogar de los Henríquez Ureña, donde Pedro recibía los conocimientos que le transmitía su madre.
Su padre Francisco Henríquez y Carvajal era médico e intelectual, su abuelo materno, Nicolás Ureña de Mendoza era poeta y abogado, su tío, Federico Henríquez y Carvajal, escritor e intelectual, que se convirtió en su mentor y también dirigió los pasos hacia su formación académica.

Don Francisco Henríquez y Carvajal, padre

Era frecuente en el hogar de los Henríquez Ureña comunicarse en inglés y en francés, idiomas que el joven Pedro dominó a la perfección, según refiere su hermana Camila ( 2 ). En su niñez mostró un dominio y predilección por la matemática. Su madre cuenta que a los cuatro años conocía con gran certeza el sistema de numeración decimal y leía con fluidez. En su juventud dirigió sus intereses hacia las ciencias naturales y luego hacia las letras.
Es considerado por expertos uno de los grandes intelectuales de la lengua española y de la crítica literaria, al que Bruno Rosario Candelier califica como “un humanista excepcional, emprendedor y fecundo, cultor apasionado de la palabra, intérprete eminente de la literatura hispanoamericana, ensayista prolífico y profundo”(3).
Desde muy joven mostró interés por la docencia y desarrolló su trabajo con una visión americanista. Fue en esencia un gran erudito y maestro, del cual debemos sentirnos orgullosos los dominicanos.
El trabajo infantil de Pedro Henríquez se muestra en su obra “Los cuentos de la nana Lupe”, publicados por primera vez, sin firma, de septiembre a noviembre de 1923 en el periódico “El Mundo” de México. Los relatos aparecieron en la edición conmemorativa a los veinte años de la muerte de su autor, realizada por la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1966.
María del Carmen Prosdocimi de Rivera(4) refiere que “En su obra sobre Don Pedro Henríquez Ureña, Jacobo de Lara indica cómo el año de 1923 fue de gran producción para el autor, así como su tarea de crítica teatral para El Mundo, con la firma de Gogol”.
En la República Dominicana los cuentos fueron publicados por la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, con motivo del II Festival del Niño y se distribuyeron gratuitamente. Otras publicaciones fueron realizadas por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña de Santo Domingo, por la Editora Taller y por el Fondo Editorial y la editora Alfa y Omega, como parte de la colección “Biblioteca Juvenil Tobogán”, en 1992. el ballet de Miriam Bello hace más de dos décadas, presentó, en el Teatro Nacional de la República dominicana, los Cuentos de la Nana Lupe, en una versión bailada, dramatizada y cantada espléndidamente por niños y niñas.
En una nota introductoria de la edición de Alfa y Omega (5) se aclara que Jauja, la ciudad ideal donde se desarrollan los cuentos de Pedro Henríquez Ureña es, en la realidad, el nombre de una ciudad peruana, fundada en 1533. “Por su clima paradisíaco y su riqueza; por su propiedad agropecuaria y minera, esta ciudad se convirtió en símbolo de lugar ideal. En la literatura, Jauja adquirió fama por medio de las obras de los hermanos Grimm, quienes la describieron como el país donde reinaba el ocio o tiempo libre, puesto que todo el trabajo estaba hecho”.
Los cuentos de la nana Lupe se desarrollan en varios escenarios y con diversidad de compañeros, con los que Mariquita (La Chachalaca) y Nachito (el Pelón), comparten experiencias y aventuras. Incluyen: En los volcanes, En Jauja, Con las brujas, Con las hormigas y la cigarra, Con el cuervo y el coyote, Con las ranas, Con el león, Con el camello, Con el perro, Con el cordero, Con el gallo y las gallinas, Con el zorro azul, Con la cigüeña, Con el burro y Con el burro y el ratón. La variedad de animales que abarcan y la narración de sus comportamientos nos hace pensar que el escritor regresa a la pasión de su juventud y plasma en sus cuentos sus profundos conocimientos sobre las ciencias naturales.
“Su obra sabia y justa es respetada por todos y aún hoy nos enseña a acercarnos a lo más genuino de la cultura de nuestros países”, expresa Diony Durán (6), en la presentación de Los cuentos de la nana Lupe, publicados por la editorial Gente Nueva de La Habana, Cuba, en 1989.
“Apóstol de la palabra y el ejemplo, del pensamiento y la cultura artística e intelectual, Henríquez Ureña prefería la claridad del pensamiento al oropel de la expresión sonora y rimbombante. Era ante todo, un educador y un humanista”, refiere Bruno Rosario Candelier (7). Expresa incluso que Alfonso Reyes lo comparaba con Sócrates, por lo que muchos le llamaron el Sócrates del Caribe.
Los cuentos de la nana Lupe, a través del mundo de fantasía, de una Jauja hecha de dulces, en la que a todo el mundo se le satisfacen sus necesidades, con habitantes que viven en paz, niños que asisten a una escuela funcional, donde se les prepara para la vida, un duende bueno y complaciente, Don Yo de Córdoba, que orienta y guía a los niños cuando llegan a ese lugar paradisíaco, totalmente diferente a su mundo, se enmarcan en el deseo ideal de los seres humanos de crear una sociedad justa y perfecta, por la que lucharon intelectuales del continente americano como Henríquez Ureña; así como en el trabajo por el desarrollo de la educación y la cultura americana que llevó a cabo su autor en los diversos países de nuestro continente y de otros, en los cuales habitó (Cuba, República Dominicana, México, España, Estados Unidos, Chile y Argentina) y en el estudio y conocimiento de su obra en el mundo.
En su obra infantil Pedro Henríquez Ureña trabaja espléndidamente como el educador que fue desde pequeño, cuando orientaba a su hermano Max, enseñándolo a leer y a escribir y desarrollando el hábito de leer juntos, como aclara el propio Max Henríquez Ureña o cuando orientaba los primeros trabajos de crítica literaria que escribiera su hermana Camila o cuando expresaba a sus alumnos argentinos, entre los cuales se encontraba Ernesto Sábato, quien luego descolló como un gran escritor, que se sentiría honrado como maestro si uno de sus alumnos lograba superarlo. En esta obra infantil escrita para niños “no aniñados”(8), como expresa Prosdocimi de Rivera, Henríquez Ureña desarrolla los aspectos que Bruno Rosario Candelier(9) llama “Las líneas maestras de sus estudios literarios”:

a.Intuición y sensibilidad como dones fundamentales para la creación, atrayendo a los infantes mediante la presentación de una obra llena de imaginación y gozo

b.Calidad para reconocer la valía de una obra literaria que ha recibido críticas positivas en muchos lugares del mundo y en el análisis que realizan conocedores del tema

c. Ponderación de la lengua y su sistema expresivo como el instrumento adecuado para la creación literaria, mediante una narración hermosa, imaginativa y ágil

d. Originalidad como garantía del aporte genuino de los creadores auténticos, presentando unos cuentos y escenarios ideales creados por el autor

e. Conciencia y exaltación del sentido poético expresado en la esencia y el valor de lo artístico, a través de expresiones simples, pero trabajadas para embellecer la lengua

f. Ideal cifrado en el cultivo de las humanidades a favor del crecimiento del espíritu mediante el desarrollo intelectual y estético, al describir una sociedad hermosa, organizada y justa, donde se convive en paz

g. Exaltación de la palabra, la escritura y la misión de los escritores para contribuir al cultivo de los valores y la edificación de la conciencia, a través de la presentación de personajes, situaciones y acciones de beneficio social y colectivo

h. Énfasis en el genio de la lengua y potenciación de la tradición hispánica, a través del trabajo de construcción de textos hermosos en el idioma español

i. Ponderación de los escritores de valía exentos de intereses subalternos o de apetencias mezquinas o deleznables, con la construcción de un mundo justo, en el cual sus habitantes luchan por el bienestar de todos, más que por el suyo propio

j. Valoración del aporte creativo, intelectual y estético, con la construcción de una obra original, educativa y profunda.

+
No es pues de extrañar que su obra literaria dedicada a los infantes tenga un sello de calidad, calidez, imaginación, fantasía, ética y estética, propios de quien fuera un humanista, un profundo cultivador de la palabra que, al decir de Rosario Candelier “ todo lo que hizo tuvo el propósito de ponderar, potenciar y promover los más altos valores literarios” y que fue maestro de creadores literarios, investigadores y promotores de la literatura en numerosos países(10).

Gracias.
Lic. Margarita Luciano López


CITAS:

(1) -Piña Contreras, Guillermo. El universo familiar en la formación intelectual de Pedro Henríquez Ureña. En Presencia de Pedro Henríquez Ureña. Escritos sobre el maestro. Compiladores Jorge Tena Reyes y Tomás Castro Burdiez. Editorial Ciguapa. Santo Doingo, 1ra edición, 2001. Pag. 326 y 327.
(2)- Henríquez Ureña, Camila, entrevista sobre su hermano Pedro. Camila Henríquez Ureña. Estudios y conferencias. Editorial Letras cubanas. Ciudad de La Habana,
Cuba, 1982. Pag. 633.
(3)-Rosario Candelier, Bruno. Pedro Henríquez Ureña. Obras Completas. Tomo II. Estudios literarios. El aliento de una obra edificante. Pag. XV.
(4)- Prosdocimi de Rivera, María del Carmen. Presencias. Colección BANRESERVAS. Serie Literatura 6. Editora Amigo del Hogar. Santo domingo, 1999. Pag. 130 .
(5)- Henríquez Ureña, Pedro. Los cuentos de la nana Lupe. Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, 1992. Pag 8.
(6)- Henríquez Ureña, Pedro. Los cuentos de la nana Lupe. Editorial Gente Nueva, Ciudad de La Habana, Cuba, 1989. Pag 5.
(7)- Rosario Candelier, Bruno. Lenguaje, identidad y tradición en las letras Dominicanas (De Javier Angulo Guridi a Manuel Salvador Gautier). Publicación Academia Dominicana de la Lengua y Universidad APEC. Editorial Letra Gráfica. Santo Domingo, 2004. Pag. 156 a 159.
(8)- Prosdocimi de Rivera, María del Carmen, Ob. Cit. Pag. 130
(9)- Rosario Candelier, Bruno. Ob. Cit. Pag. 155.
(10) )- Rosario Candelier, Bruno, Ibidem.