domingo, 23 de septiembre de 2012

El colibrí, por Margarita Luciano


Por los caminos del monte las flores cansadas comenzaban a deshojarse, el sol se acostaba cada vez más tarde y se levantaba cada día más temprano. Los días se hacían largos y las noches cortas.
Acostado en el árbol donde dormía, el colibrí, que al fin tenía quietas las alas, calculaba cuántas flores podría visitar al otro día en busca de néctar…
¡Tenía ganas de volar!
Al amanecer, el sol atravesó las ramas del árbol, dibujando filigranas en sus hojas.
La primera luz tocó en los ojos al colibrí, que empezó a batir alas, en un ejercicio matinal que lo pondría
en forma para el largo día.
Al verlo llegar ñas flores viejas suspiraron. Cansadas de vivir no tenían mucho que ofrecer.
Además, no veían la razón por la cual no podía dejarlas en paz. Comprensiva, la pequeña ave
se fue a probar flores nuevas.
-¡Ahí viene el zumbador! –dijo un gladiolo
Que vino de San José de las Matas.
-No, es un picaflor, -dijo una sangre de Cristo sureña.
-¡Qué va, ese es un colibrí! –repuso una rosa capitaleña.
Y a nadie debe extrañarle los nombres que le daban.
Le llamaban zumbador por el zum zum de sus alas,
Picaflor, porque va de flor en flor y
Colibrí, en alusión al sonido rápido que hace su cola al pasar.
-Zumbadooooor, picaflor, colibrí! –le llamaban las flores
-¡Dor, dor, dor, flor, flor, flor, brí, brí, brí, -repetía el eco en las montañas.
Lo que no sabían muchos era que el ave ayudaba a la Madre Naturaleza en su papel de hacer nacer nuevas flores, porque en su pico llevaba besos de polen que repartía de flor en flor. Por eso no era de extrañar que algunas flores le llamaran cigüeña, lo que le hacía gracia al pequeño animal que ya tenía más nombres que tamaño. A pesar de su gran trabajo el colibrí era un ave que generaba ideas.
Se hablaba de los besos que ofrecía según la flor:
Besos profundos para el gladiolo.
Besos suaves para la rosa.
Besos de puntilla para la sangre de Cristo.
Y hasta se decía que tiraba besos a la rosa del Perú porque cada vez que intentó besarla directamente le causaba estornudos.
Día tras día trabajaba el colibrí del amanecer al atardecer, recorriendo llanos y montañas, lejos de su casa,
Entre el coqueteo de las flores, el bzzzzz bzzzzz de los insectos y el uuuuuhhhhh del viento que no pocas veces le dificultaba su labor.
Y no se sabe por qué al pequeño animal le pareció que aquel día iba a pasar algo raro. Según su reloj, que como no era de cuerda nunca se atrasaba, debía ser más o menos las doce del mediodía. Entonces, como
sacado de un cuento de brujas, el día comenzó a desaparecer y todo se puso oscuro.
Las flores se cerraron, las lechuzas comenzaron a volar, los grillos empezaron a cantar, las gallinas se fueron
a acostar, y los cocuyos, haciendo un gran esfuerzo, comenzaron a encender sus linternas. Se hizo un
silencio tal que no cabía en la loma. Sólo de vez en cuando el canto del grillo lo interrumpía.
Como estaba tan lejos de su casa el colibrí se sintió perdido.
-¡Hum ¿qué estará pasando aquí? –se preguntó.
-¿No lo sabes? –preguntó doña Lechuza extrañada.
-¿Saber qué? –contestó el ave.
-Hoy el señor Sol decidió irse a la cama más temprano. Dijo que es su día de eclipse, que en su lenguaje significa vacaciones. Dice que está muy cansado. Y como él manda casi todo el mundo adelantó el día.
Perplejo, sin encontrar qué hacer, el colibrí pensó que lo mejor sería pedir consejos a la lechuza. Porque a decir verdad, no tenía ni idea de cómo regresar. De noche siempre dormía.
-Móntate encima de mí, que te llevaré a tu casa. Recuerda que puedo ver en las noches y tú no, -dijo doña Lechuza.
Se quedó pensativo, dudoso, sin saber qué contestar. Y comenzó a hacerle preguntas sobre historias que
cuentan por ahí en las que dicen que las lechuzas son aves de mal agüero y que son brujas, que salen a volar cuando está oscuro.
-Tú decides, le contestó ella incómoda. A quien te conviene es a ti.
No teniendo otra salida el colibrí aceptó la propuesta.
Montado sobre la gran ave semejaba un bulto pegado a su espalda. Y fue así como surgió la leyenda de la lechuza jorobada que cruza el monte en los días de eclipse.
Pegado a la lechuza el colibrí cruzó la loma. Viendo al ave nocturna realizar paradas para orientar a pichones que por primera vez habían salido fuera de sus nidos, mostrarle el camino a hormigas que habían perdido su ruta, ayudar a recoger sus hijos a algunas arañas que se quedaron con sus telas a medio tejer, lo que causó gracia a mosquitos que muy pronto se convertirían en sus presas. Y no faltó la ayuda prestada a algún cocuyo que tenía problemas para que su linterna encendiera.
¡Qué necedad la del sol! –dijo la lechuza ¡Mira los problemas que ha causado al acostarse tan temprano!
¡Al fin en casa! –dijo aliviado el colibrí. Pero otras sorpresas le esperaban. En su árbol encontró pájaros a los que no había visto nunca antes! Claro, era que se habían extraviado!
Aunque era muy celoso con lo suyo los aceptó. Entre ellos había algunos interesantes, también eran colibríes, pero diferentes. Se la pasaron contando historias de primos cubanos, puertorriqueños y de otras tierras. Y fue así como supo el colibrí de todas las especies de su tipo que se encuentran en las islas del Caribe. Trató de dormir, pero no pudo. Y aunque el gallo cantó tarde para anunciar el nuevo día lo encontró con los ojos muy abiertos.
Sintiéndose contento de conocer otras aves como él, las invitó a quedarse a vivir en su árbol. Complacidos aceptaron la invitación. Y es por eso que, a partir del día del eclipse, una bandada de colibríes cada mañana besa las flores, produciéndose el milagro de ver nacer, en cada temporada, una montaña de flores y de escuchar en cada niño el piar de pequeños colibríes.
Por eso, de cuando en cuando, el pícaro Sol se esconde para que el amor renazca.

©Margarita Luciano López
Premio Nacional de Literatura Infantil

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