martes, 24 de octubre de 2017

¿Quién se robó el verde?

Al Pico de Igua y al cerro Angola, majestuosidades verdes que contemplaba en San José de las Matas, junto a mis padres Joaquín Luciano y Dilia López, cuando aún no les habían robado el verde. Cuando era niña pasaba horas observando de lejos las montañas con sus vestidos verdes. Imaginaba su olor a hierba, a follaje, a tierra recién mojada y esperaba ansiosa la llegada del verano para tocar de cerca las plantas, reconociendo a ciegas las hojas por su tamaño y textura. El olor de un caimito con su disfraz de dos tonos, que semejaba la hipocresía, desgranaba el asombro. La naturaleza madrugaba encantos que despertaba el rocío. Por años, que parecieron instantes, me marché al reino del azul. Al regresar noté que reinaba el marrón. Los había de todos los tonos y matices, porque alguien se había robado el verde. ¿Quién le robó el verde a la montaña? -pregunté. -¿Cuál verde? -respondieron los niños. -El verde -dije, señalando a la montaña El asombro en sus miradas me hizo comprender que nunca habían estado en ese reino. Por horas les conté historias vividas y juntos compartimos la fantasía del verde. ¡Pintemos el mundo de verde!, dijo una niña. Y lápiz y papel en mano trajeron de vuelta al verde, en un viaje timoneado por la imaginación. ¿Quién le robó el verde a la montaña? -preguntaron a coro los niños. ¿Quién le robó el verde a la montaña, aña, aña, aña...? -preguntó el eco tartamudo, grabando su voz en las montañas vecinas que la hicieron llegar hasta los duendes que habían huido junto al verde. ¿Quién le robó el verde a la montaña? -preguntaron los duendes y las ninfas que vivían a su lado. Y juntos hicieron un plan para devolver sus sueños a los niños. Los duendes y ninfas regalaron un pedacito de verde a cada niño. A algunos les entregaron semillitas. Y, desde el amanecer hasta el anochecer, decenas de niños se fueron a la montaña y la poblaron de verde. En algunos rinconcitos regaron semillas que, tiempo después reverdecieron. A partir de entonces un gigante duerme al canto de nadas que entonan los duendes y ninfas encargados de cuidarlo. Y nunca más han permitido que huya el verde. Y cuando algún curioso lo hiere, se aseguran de que pague su osadía, sembrando diez semillas que, al plantarlas, hacen eterno el verdor.

Margarita Luciano ganó con esta obra el Premio Nacional de Literatura Infantil Aurora Tavárez Belliard, 1998-1999

domingo, 23 de julio de 2017

La literatura infantil de Pedro Henríquez Ureña

Pedro Henríquez Ureña con su familia.

Por: Dra Margarita Luciano López

Pedro Nicolás Federico Henríquez Ureña, llamado Pibín por sus familiares, tuvo el privilegio de nacer en una familia de intelectuales, que cultivó en sus hijos, desde pequeños, el hábito de leer, de participar en tertulias literarias, que con frecuencia se desarrollaban en su casa, de producir boletines y periódicos literarios que circulaban en la familia y luego entre los amigos, de fundar revistas y grupos literarios, en los que participaba la intelectualidad dominicana de la época y de otros países donde vivieron, de asistir a funciones teatrales en las que se presentaban las obras de Shakespeare, dramaturgo por el cual mostró afición, a muy temprana edad y conciertos de música clásica que cultivaron su gusto por la buena música; en fin, de participar en múltiples actividades de cultivo de su intelecto.
Cuando nació, el 29 de junio de 1884, su madre, Salomé Ureña y su padre Francisco Henríquez y Carvajal, según señala Guillermo Piña Contreras (1), “desempeñaban un importante papel en el mundo cultural y político de la República Dominicana, como ya antes lo habían hecho sus respectivas familias, los Ureña y los Henrìquez”. También expresa el autor que “la Restauración de la República fue un estímulo para las artes y la cultura en Santo Domingo”, razones, entre otras, que motivaron la participación de sus padres.

Don Pedro Henríquez Ureña

Junto a Eugenio María de Hostos, su madre Salomè Ureña fundó el Instituto de Señoritas, a través del cual la mujer dominicana pudo acceder, por primera vez, a la educación superior. Esta institución funcionaba en el hogar de los Henríquez Ureña, donde Pedro recibía los conocimientos que le transmitía su madre.
Su padre Francisco Henríquez y Carvajal era médico e intelectual, su abuelo materno, Nicolás Ureña de Mendoza era poeta y abogado, su tío, Federico Henríquez y Carvajal, escritor e intelectual, que se convirtió en su mentor y también dirigió los pasos hacia su formación académica.

Don Francisco Henríquez y Carvajal, padre

Era frecuente en el hogar de los Henríquez Ureña comunicarse en inglés y en francés, idiomas que el joven Pedro dominó a la perfección, según refiere su hermana Camila ( 2 ). En su niñez mostró un dominio y predilección por la matemática. Su madre cuenta que a los cuatro años conocía con gran certeza el sistema de numeración decimal y leía con fluidez. En su juventud dirigió sus intereses hacia las ciencias naturales y luego hacia las letras.
Es considerado por expertos uno de los grandes intelectuales de la lengua española y de la crítica literaria, al que Bruno Rosario Candelier califica como “un humanista excepcional, emprendedor y fecundo, cultor apasionado de la palabra, intérprete eminente de la literatura hispanoamericana, ensayista prolífico y profundo”(3).
Desde muy joven mostró interés por la docencia y desarrolló su trabajo con una visión americanista. Fue en esencia un gran erudito y maestro, del cual debemos sentirnos orgullosos los dominicanos.
El trabajo infantil de Pedro Henríquez se muestra en su obra “Los cuentos de la nana Lupe”, publicados por primera vez, sin firma, de septiembre a noviembre de 1923 en el periódico “El Mundo” de México. Los relatos aparecieron en la edición conmemorativa a los veinte años de la muerte de su autor, realizada por la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1966.
María del Carmen Prosdocimi de Rivera(4) refiere que “En su obra sobre Don Pedro Henríquez Ureña, Jacobo de Lara indica cómo el año de 1923 fue de gran producción para el autor, así como su tarea de crítica teatral para El Mundo, con la firma de Gogol”.
En la República Dominicana los cuentos fueron publicados por la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos, con motivo del II Festival del Niño y se distribuyeron gratuitamente. Otras publicaciones fueron realizadas por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña de Santo Domingo, por la Editora Taller y por el Fondo Editorial y la editora Alfa y Omega, como parte de la colección “Biblioteca Juvenil Tobogán”, en 1992. el ballet de Miriam Bello hace más de dos décadas, presentó, en el Teatro Nacional de la República dominicana, los Cuentos de la Nana Lupe, en una versión bailada, dramatizada y cantada espléndidamente por niños y niñas.
En una nota introductoria de la edición de Alfa y Omega (5) se aclara que Jauja, la ciudad ideal donde se desarrollan los cuentos de Pedro Henríquez Ureña es, en la realidad, el nombre de una ciudad peruana, fundada en 1533. “Por su clima paradisíaco y su riqueza; por su propiedad agropecuaria y minera, esta ciudad se convirtió en símbolo de lugar ideal. En la literatura, Jauja adquirió fama por medio de las obras de los hermanos Grimm, quienes la describieron como el país donde reinaba el ocio o tiempo libre, puesto que todo el trabajo estaba hecho”.
Los cuentos de la nana Lupe se desarrollan en varios escenarios y con diversidad de compañeros, con los que Mariquita (La Chachalaca) y Nachito (el Pelón), comparten experiencias y aventuras. Incluyen: En los volcanes, En Jauja, Con las brujas, Con las hormigas y la cigarra, Con el cuervo y el coyote, Con las ranas, Con el león, Con el camello, Con el perro, Con el cordero, Con el gallo y las gallinas, Con el zorro azul, Con la cigüeña, Con el burro y Con el burro y el ratón. La variedad de animales que abarcan y la narración de sus comportamientos nos hace pensar que el escritor regresa a la pasión de su juventud y plasma en sus cuentos sus profundos conocimientos sobre las ciencias naturales.
“Su obra sabia y justa es respetada por todos y aún hoy nos enseña a acercarnos a lo más genuino de la cultura de nuestros países”, expresa Diony Durán (6), en la presentación de Los cuentos de la nana Lupe, publicados por la editorial Gente Nueva de La Habana, Cuba, en 1989.
“Apóstol de la palabra y el ejemplo, del pensamiento y la cultura artística e intelectual, Henríquez Ureña prefería la claridad del pensamiento al oropel de la expresión sonora y rimbombante. Era ante todo, un educador y un humanista”, refiere Bruno Rosario Candelier (7). Expresa incluso que Alfonso Reyes lo comparaba con Sócrates, por lo que muchos le llamaron el Sócrates del Caribe.
Los cuentos de la nana Lupe, a través del mundo de fantasía, de una Jauja hecha de dulces, en la que a todo el mundo se le satisfacen sus necesidades, con habitantes que viven en paz, niños que asisten a una escuela funcional, donde se les prepara para la vida, un duende bueno y complaciente, Don Yo de Córdoba, que orienta y guía a los niños cuando llegan a ese lugar paradisíaco, totalmente diferente a su mundo, se enmarcan en el deseo ideal de los seres humanos de crear una sociedad justa y perfecta, por la que lucharon intelectuales del continente americano como Henríquez Ureña; así como en el trabajo por el desarrollo de la educación y la cultura americana que llevó a cabo su autor en los diversos países de nuestro continente y de otros, en los cuales habitó (Cuba, República Dominicana, México, España, Estados Unidos, Chile y Argentina) y en el estudio y conocimiento de su obra en el mundo.
En su obra infantil Pedro Henríquez Ureña trabaja espléndidamente como el educador que fue desde pequeño, cuando orientaba a su hermano Max, enseñándolo a leer y a escribir y desarrollando el hábito de leer juntos, como aclara el propio Max Henríquez Ureña o cuando orientaba los primeros trabajos de crítica literaria que escribiera su hermana Camila o cuando expresaba a sus alumnos argentinos, entre los cuales se encontraba Ernesto Sábato, quien luego descolló como un gran escritor, que se sentiría honrado como maestro si uno de sus alumnos lograba superarlo. En esta obra infantil escrita para niños “no aniñados”(8), como expresa Prosdocimi de Rivera, Henríquez Ureña desarrolla los aspectos que Bruno Rosario Candelier(9) llama “Las líneas maestras de sus estudios literarios”:

a.Intuición y sensibilidad como dones fundamentales para la creación, atrayendo a los infantes mediante la presentación de una obra llena de imaginación y gozo

b.Calidad para reconocer la valía de una obra literaria que ha recibido críticas positivas en muchos lugares del mundo y en el análisis que realizan conocedores del tema

c. Ponderación de la lengua y su sistema expresivo como el instrumento adecuado para la creación literaria, mediante una narración hermosa, imaginativa y ágil

d. Originalidad como garantía del aporte genuino de los creadores auténticos, presentando unos cuentos y escenarios ideales creados por el autor

e. Conciencia y exaltación del sentido poético expresado en la esencia y el valor de lo artístico, a través de expresiones simples, pero trabajadas para embellecer la lengua

f. Ideal cifrado en el cultivo de las humanidades a favor del crecimiento del espíritu mediante el desarrollo intelectual y estético, al describir una sociedad hermosa, organizada y justa, donde se convive en paz

g. Exaltación de la palabra, la escritura y la misión de los escritores para contribuir al cultivo de los valores y la edificación de la conciencia, a través de la presentación de personajes, situaciones y acciones de beneficio social y colectivo

h. Énfasis en el genio de la lengua y potenciación de la tradición hispánica, a través del trabajo de construcción de textos hermosos en el idioma español

i. Ponderación de los escritores de valía exentos de intereses subalternos o de apetencias mezquinas o deleznables, con la construcción de un mundo justo, en el cual sus habitantes luchan por el bienestar de todos, más que por el suyo propio

j. Valoración del aporte creativo, intelectual y estético, con la construcción de una obra original, educativa y profunda.

+
No es pues de extrañar que su obra literaria dedicada a los infantes tenga un sello de calidad, calidez, imaginación, fantasía, ética y estética, propios de quien fuera un humanista, un profundo cultivador de la palabra que, al decir de Rosario Candelier “ todo lo que hizo tuvo el propósito de ponderar, potenciar y promover los más altos valores literarios” y que fue maestro de creadores literarios, investigadores y promotores de la literatura en numerosos países(10).

Gracias.
Lic. Margarita Luciano López


CITAS:

(1) -Piña Contreras, Guillermo. El universo familiar en la formación intelectual de Pedro Henríquez Ureña. En Presencia de Pedro Henríquez Ureña. Escritos sobre el maestro. Compiladores Jorge Tena Reyes y Tomás Castro Burdiez. Editorial Ciguapa. Santo Doingo, 1ra edición, 2001. Pag. 326 y 327.
(2)- Henríquez Ureña, Camila, entrevista sobre su hermano Pedro. Camila Henríquez Ureña. Estudios y conferencias. Editorial Letras cubanas. Ciudad de La Habana,
Cuba, 1982. Pag. 633.
(3)-Rosario Candelier, Bruno. Pedro Henríquez Ureña. Obras Completas. Tomo II. Estudios literarios. El aliento de una obra edificante. Pag. XV.
(4)- Prosdocimi de Rivera, María del Carmen. Presencias. Colección BANRESERVAS. Serie Literatura 6. Editora Amigo del Hogar. Santo domingo, 1999. Pag. 130 .
(5)- Henríquez Ureña, Pedro. Los cuentos de la nana Lupe. Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, 1992. Pag 8.
(6)- Henríquez Ureña, Pedro. Los cuentos de la nana Lupe. Editorial Gente Nueva, Ciudad de La Habana, Cuba, 1989. Pag 5.
(7)- Rosario Candelier, Bruno. Lenguaje, identidad y tradición en las letras Dominicanas (De Javier Angulo Guridi a Manuel Salvador Gautier). Publicación Academia Dominicana de la Lengua y Universidad APEC. Editorial Letra Gráfica. Santo Domingo, 2004. Pag. 156 a 159.
(8)- Prosdocimi de Rivera, María del Carmen, Ob. Cit. Pag. 130
(9)- Rosario Candelier, Bruno. Ob. Cit. Pag. 155.
(10) )- Rosario Candelier, Bruno, Ibidem.

lunes, 24 de noviembre de 2014

De escuela, tesoros y amigos, nueva obra de Margarita Luciano


La última producción literaria de Margarita Luciano fue puesta en circulación en los salones Don Luis Bisonó del Edificio Carlos Guillot. El acto empezó con una invocación al Señor a cargo de Doña Flérida de Jáquez, enseguida Doña Paula Rodriguez los datos biográfico de la autora y luego el Lic. Joaquín Luciano presentó la obra.




Con una selecto publico que desafió la lluvia de esa noche el auditorio se completó de estudiantes, profesores y de coautores de la novela que nos transporta a describir una época que muchos no la vivimos pero en su estilo de escribir, según leemos es como si estuviéramos allí.

El que empieza a leer la novela no vas a querer dejarla sin terminar. ¡Cuántas trama e imaginación tan bién coordinada que uno se mete a resolver los enigmas de Elena la chica vestido morado. ¡Qué emoción! Pienso que esto se debe llevar a cine.




No solo el tema y el misterio que uno lo hace suyo, sino ese rico conocimiento de cultural sobre nuestro pueblo, parte de la historia, sus personajes, sus mitos y leyendas son únicos y característicos de nuestro pueblo.






Ademas, cuánto ha cambiado la educación de ese tiempo en comparación al de ahora. ¡Cuánto respeto, orden y superación personal! Sé que "plátano maduro no vuelve a verde", pero debemos luchar para que por lo menos se recupere algo.


Mi felicitaciones Margarita y mil gracias porque sigues abonando nuestra literatura, enriqueciendo y aportando cultura con sabrosura.

Por Roberto Torres 
https://www.facebook.com/robertotorresajoma?fref=ts






miércoles, 9 de julio de 2014

Palabras puesta en circulación de la novela infantil “El patio encantado” en el área infantil de la XVII Feria Internacional del Libro. Santo Domingo, 30 de abril del 2014.




Querido público presente en nuestra mesa directiva y en este espacio, cuando vemos publicada una obra de nuestra autoría sentimos una satisfacción especial que nos llena por completo. Compartí con mi familia, mis compañeros de trabajo, con mi amiga Rosa Francia y con Ruth Herrera, representante de Alfaguara, este sentimiento y esta alegría que me embargan.

Cuando hace un tiempo comencé a escribir la novela que hoy se conoce como “El patio encantado”, inicié con dos temas distintos en una misma obra. Pronto me di cuenta que los temas sobre la escuela de mi época y los juegos infantiles tradicionales tenían cada uno vida y personalidad propias, por lo que muy pronto los separé y terminé escribiendo dos novelas, una sobre la escuela y otra sobre los juegos infantiles tradicionales que se practicaron por años en el patio de nuestra casa en San José de las Matas, el cual se convirtió en el área de recreo de la mayor parte de los niños del pueblo y en el cual mi madre, Dilia López, ejerció una función de animadora y socializadora de la práctica de juegos de sus ocho hijos y de todos los amigos de estos, que hacíamos una enorme patrulla, compuesta por niños y jóvenes de la mayor parte de los vecindarios de San José de las Matas.

Creo que el sentimiento de propiedad, de magia y de alegría que los niños manifestábamos en ese lugar, se deben al enorme gozo que producían estos juegos, al sentido de grupo, de amistad, de convivencia que se forjó entre nosotros a través de la práctica permanente de los juegos que aparecen en esta novela y de muchos más, de las situaciones tan diversas que vivíamos y del aprendizaje de la vida que adquiríamos.

El juego, bien lo dicen connotados sicólogos que han estudiado este fenómeno socio-afectivo, como Piaget, Vigotsky y Luria, nos prepara para vivir, para disfrutar, para la adultez. Para algunos niños que asistían a este patio esos juegos desempeñaban una función terapéutica, porque allí recibían el cariño que se les negaba en otros espacios. Por esta razón podemos decir que disfrutamos de una niñez sana, llena de alegría y potenciadora de la creatividad.

La Pova, una de las protagonistas de la novela era una connotada jugadora, pequeñita de tamaño y delgadita, tomaba la delantera en la organización, desarrollo y conclusión de la mayor parte de los juegos, armaba líos cuando la situación se tornaba difícil, desafiaba a muchachos y muchachas, a veces de mayor peso, edad y estatura que ella y salía adelante, siempre buscando triunfar en lo que emprendía. Cuando recientemente reestablecí relaciones con ella, vía facebook y por teléfono, me manifestó que siempre que visita San José de las Matas tiene que ir al patio de su tía Dilia y contemplarlo por largo rato, para recordar tantos momentos alegres que pasó allí.

Me contó que cuando era niña, el día de su Primera Comunión fue un sábado en la mañana, y desde el viernes temprano, se había cuadrado un juego para ese sábado. Ella asistió a la iglesia, en compañía de su abuela, quien le había comprado un hermoso conjunto de vestido y zapatos blancos, velo, rosario y bolso. Ya en la iglesia la abuela le hacía señas de que sacara el rosario del bolso para rezar, pero ella se hacía la desentendida, porque en su bolso no guardaba ningún rosario, lo había llenado de bellugas.

Tan pronto se terminó la ceremonia religiosa, la niña corrió hacia su casa, situada al lado de la iglesia, se quitó los zapatos y el velo y salió corriendo por la puerta trasera hacia el patio de juegos de su tía Dilia, antes que la abuela la detuviera para la celebración. Se integró al juego, comió en la casa de la tía, para que no le pidieran cuentas en la suya, se reintegró al juego después de comer y, a las cinco de la tarde, volvió a la realidad, cuando sintió la correa de su abuela sobre el vestido, cuyo color  y apariencia, a esa hora, al igual que los del bolso, eran indefinidos, por la gran cantidad de sucio acumulado en el patio de tierra.

Otro personaje presente en esta novela es la “Maga de los Juegos de los Niños”. Su creación se fundamenta en una historia que oí contar muchas veces en mi casa cuando era pequeña: una niña llamada Chía se ahogó mientras jugaba con una de sus hermanas, a orillas del charco profundo de un río, situado en las proximidades de San José de las Matas. El pueblo entero asistió a su entierro y por años se contó con tristeza este suceso. Lo escuché muchas veces de labios de mi madre y hermanos mayores. Cuando quise crear un personaje infantil fantástico, esa historia vino a mi memoria. Primero se llamó el Duende de los Juegos de los Niños, Ruth y su equipo sugirieron un cambio de nombre, si el personaje era femenino, entonces le llamé La Maga de los Juegos de los Niños y se me ocurrió situar su habitat en las aguas subterráneas que existen en el pueblo, las cuales siempre se mencionan envueltas en misterio. Pero en la novela ella se escapa de las aguas y aparece en varios escenarios, como protectora de los niños, a los que les gusta jugar.

En el trabajo de elaboración de una novela y de su puesta en circulación intervienen muchas manos y una gran diversidad de procesos.

A veces pienso qué sería de los autores y sus obras sin tantas personas, textos y situaciones que nos ayudan y orientan. Agradezco a mis amigos,  hijos, hermanos y esposo por todas las ideas sobre estos juegos que debí recordar y aprender, a Maritza Miari Gutiérrez, ilustradora cubana, cuyos dibujos engalanan y embellecen esta novela, a los niños, niñas y maestras del Centro Educativo Creciendo, porque con la práctica de sus juegos en el patio, refrescaron mi memoria, de manera especial a las profesoras María y Mayra aquí presentes, a doña Jocelyn y Mitzy por su ayuda en la confección de los vestuarios de estas niñas y en los ensayos, así como a los padres y madres, por el entusiasmo para que sus hijos participaran.

Agradezco también a varios libros sobre folclore dominicano, en especial a los de EDna Garrido de Boggs, a Ruth Herrera, representante de Alfaguara, quien no es simplemente una seleccionadora y cazadora de historias, sino, sobre todo, un ojo crítico bien entrenado, con una basta cultura que, junto a su equipo ha contribuido a aclarar, enriquecer y embellecer este texto. Gracias a Leibi Ng, quien nos ha acogido hoy aquí, a toda mi familia y amigos por su presencia, algunos de ellos vienen de muy lejos, como es el caso de Ondina Jáquez, matera de pura cepa, quien está aquí presente, a pesar de vivir en New York. Gracias a la escritora Brunilda Contreras por sus hermosas palabras, su trabajo de presentación y su entusiasmo por el contenido de la novela, a mi nieto Isaac por servirme de inspiración para escribir la novela y por entusiasmarse especialmente con el juego “Mariquita ya se va” y a estas niñas: Mayra, Lizandra, Sarina, Eimy, Amelia, Montserrat, Josmeilin y a David que tan gustosamente han participado y disfrutado en esta puesta en circulación de la novela “El patio Encantado”.  Gracias por la escenificación de los juegos.

Creo que en la actualidad no existen otras actividades infantiles tan importantes como el juego de patio, practicado en grupos. A muchos niños y niñas de hoy se les ha robado el derecho a conocerlos, practicarlos y disfrutarlos. Espero que la Maga de los Juegos de los Niños haga su labor en los vecindarios y en tantos parques infantiles que hoy se están abriendo. Lean pues la novela y dedíquense a traer de vuelta a sus familias, vecindarios, escuelas, parques, residenciales y otros espacios, estos magníficos juegos que les llenarán sus vidas de gozo, de ilusión y les harán echar al zafacón el aburrimiento, una palabra que nuestra generación no conoció y que a estas alturas yo no he conocido nunca.

Gracias a mi hermano Pochocho por sus buenos comentarios sobre la novela, después de haberla leído. Siendo él un lector voraz y crítico, me satisface escuchar sus elogiosos comentarios.

Termino con un pensamiento, relacionado con la elaboración de esta novela,  expresado por  uno de los más grandes escritores de América Latina, cuyas obras han poblado nuestras vidas  y que hace poco se nos fue: Gabriel García Márquez:

“La memoria del corazón magnifica los buenos momentos y olvida los malos. Solo así podemos sobrellevar el pasado”

Gracias.
Margarita Luciano

sábado, 24 de mayo de 2014

El patio encantado

Presentación por Brunilda Contreras Núñez



Es primavera, y en primavera retoñan las flores y la brisa fresca lo acaricia todo.  También reverdecen en la conciencia  de los adultos aquellos recuerdos de una niñez forjada sobre los cimientos de lúdicas experiencias, matizadas por cuentos, cantinelas, representaciones y, sobre todo, muchos juegos que pervivirán  por siempre.

Y en esta primavera de 2014 ha surgido una hermosa novela, en el siempre florecido  jardín de mi buena amiga Margarita Luciano.  Lleva el más sugerente de todos los títulos: El patio encantado, cuya lectura ha despertado en mí, además de los recuerdos de la infancia,  las letras de una canción de Alberto Cortez, que dice:
En el patio hace mucho se gozaba la infancia con un aire a domingo, con un aire de fiesta, niñerías y juegos de poquita importancia estrenaban la vida bajo el sol de la siesta.

Porque no hay mejor lugar para estimular la creatividad infantil ─y su hermana gemela, la imaginación─ que un patio grande, donde  con  la cómplice custodia de una tía Dilia, se puedan echar a andar estas dos fuerzas poderosas.  El patio es el lugar de convergencia de  muchos géneros literarios, disfrazados de ingenuos, inocentes y divertidos juegos.

Pero en la edad de los juegos, lo más importante es la posibilidad de que los infantes disfruten, se ejerciten, liberen endorfinas, que son las llamadas hormonas de la felicidad, aprendan a compartir, a respetar a los demás, y sobre todo,  a resolver conflictos entre ellos, ejercicio que los conducirá al establecimiento de correctas relaciones con los demás, porque, continúa diciéndonos Alberto Cortez:

Los rincones del patio eran la fantasía
nos prestaban paisajes y lugares remotos
y nos daban refugios donde siempre vivían
los eternos juguetes manoseados y rotos.

Estos juegos, hábilmente recreados por Margarita, permiten  que los niños ejerciten los órganos que intervienen en la expresión lingüística  porque todos ellos exigen una buena dicción:

Montado en su caballito
sin bridas y sin estribo
va un jinete soñando
en recorrer los caminos.
Arre que te arre
taca, tacatá
dice el jinetito
con voz musical.

Los juegos infantiles permiten por encima de todo que se cumpla la función básica de la literatura, que es la diversión, en este caso en su versión oral, mediante  composiciones  cuyo recurso básico en algunos  tipos  es el sin sentido:

Ambos a dos matarile rile rile
Ambos a dos matarile, rile ron, o:

El baile de la caraqueña
es un baile muy disimulado
que poniendo la rodilla en el suelo
todo el mundo se queda admirado…

  Y quizás una de las mayores bondades de   estos juegos es precisamente el poder  de enseñar sin caer en el  llamado utilitarismo, ─que consiste en usar la literatura para fines que no le son propios─  ni  en el didactismo forzado. Esto es así porque, teniendo como marco la rima y el ritmo, propios del ámbito del hemisferio cerebral derecho, los infantes aprenden,  a contar y a memorizar a temprana edad:

Uva, pera, manzana y arroz
¿a los cuántos años
me casaré yo?

 Al  uno,
a los dos,
a los tres,
a los cuatro,
a los cinco,
a los seis,
a los siete.
a los ocho,
a los nueve,
a los diez…
a los cincuenta…, o:

Enero, febrero, marzo, abril y mayo
son los cinco meses primeros del año.

Estos juegos tradicionales, traídos de España y de otros lugares  por los inmigrantes, y con frecuencia adaptados o modificados por nosotros ─por lo que se encuentran múltiples versiones por doquier─ representan en su parte oral, el primer encuentro del niño con la literatura. Así, cuando ingresa a la escuela  lleva una buena  mochila cargada de canciones, poesías, dramas, retahílas, adivinanzas…

Benditos los patios que han permitido el desarrollo de las inteligencias múltiples,  muchísimo antes de que fueran presentadas por Howard Gardner.

Las inteligencias intrapersonal e interpersonal, porque se juegan en grupo, en los cuales se enfrentan y resuelven muchos conflictos surgidos en la propia dinámica y lo que  permite que el niño interiorice la experiencia.  La corporal  y la espacial porque el  cuerpo se convierte en un espacio coloquial por el que transitan todas las experiencias vividas, y al que hay que destinar un entorno físico específico, la musical, porque el  juego exige ciertos movimientos rítmicos;  la matemática porque hay juegos que suman, restan, dividen y multiplican, la musical, porque, lógicamente se  canta, se toca y se baila,  y la lingüística, porque en el lenguaje está cimentada, y está considerada la más importante de todas las inteligencias.
 
Leer este libro ha sido recorrer un camino de gratísimos recuerdos, con El baile de la caraqueña, Tengo una muñeca vestida de azul, al que también se engarzaban otros propios de mi niñez como Piripipí yo tengo un novio…, o El hijo del conde, caramba me mandó un papel, que si yo quería, caramba, casarme con él…, para deslizarme luego en la versión campesina del tobogán que era un delicioso yaguacil, testigo de la rotura de muchos pantalones, faldas y hasta piernas y caderas, que muchas veces ocasionaban la ruptura de la armonía con los padres y parientes.

Pero esta experiencia no podía ser perfecta, al finalizar me encontré con la dura realidad   de que los patios, al decir de Cortez, se han marchado ¡acusados de ociosos!, me produce el dolor de que los niños no puedan más disfrutar del desarrollo de su creatividad innata, mediante la cual un simple palo se transformaba en un vigoroso caballo, unas malezas en espaguetis, o un simple higüero en un hermoso perro o en un gracioso lechón. En contraste, han recibido juguetes que por muy sofisticados que parezcan, tienen limitadas sus funciones, lo que ocasiona el constante aburrimiento. Naturalmente, sin soslayar el tremendo beneficio que les ofrece la tecnología.

Pero Margarita y  yo, así como todos los que disfrutamos de esa infancia maravillosa colmada de posibilidades, sabemos que en los más profundo de nuestros seres, desde un rincón de nuestra subconsciencia, siempre retumbará la voz del niño interno que todos llevamos adentro y, quecuando menos lo esperemos, nos sorprenderá con un “Pisá colá”.

Muchas gracias y buenas tardes. 



Brunilda A. Contreras N.

30 de abril de 2014, XVII Feria Internacional del Libro 2014

domingo, 23 de septiembre de 2012

El colibrí, por Margarita Luciano


Por los caminos del monte las flores cansadas comenzaban a deshojarse, el sol se acostaba cada vez más tarde y se levantaba cada día más temprano. Los días se hacían largos y las noches cortas.
Acostado en el árbol donde dormía, el colibrí, que al fin tenía quietas las alas, calculaba cuántas flores podría visitar al otro día en busca de néctar…
¡Tenía ganas de volar!
Al amanecer, el sol atravesó las ramas del árbol, dibujando filigranas en sus hojas.
La primera luz tocó en los ojos al colibrí, que empezó a batir alas, en un ejercicio matinal que lo pondría
en forma para el largo día.
Al verlo llegar ñas flores viejas suspiraron. Cansadas de vivir no tenían mucho que ofrecer.
Además, no veían la razón por la cual no podía dejarlas en paz. Comprensiva, la pequeña ave
se fue a probar flores nuevas.
-¡Ahí viene el zumbador! –dijo un gladiolo
Que vino de San José de las Matas.
-No, es un picaflor, -dijo una sangre de Cristo sureña.
-¡Qué va, ese es un colibrí! –repuso una rosa capitaleña.
Y a nadie debe extrañarle los nombres que le daban.
Le llamaban zumbador por el zum zum de sus alas,
Picaflor, porque va de flor en flor y
Colibrí, en alusión al sonido rápido que hace su cola al pasar.
-Zumbadooooor, picaflor, colibrí! –le llamaban las flores
-¡Dor, dor, dor, flor, flor, flor, brí, brí, brí, -repetía el eco en las montañas.
Lo que no sabían muchos era que el ave ayudaba a la Madre Naturaleza en su papel de hacer nacer nuevas flores, porque en su pico llevaba besos de polen que repartía de flor en flor. Por eso no era de extrañar que algunas flores le llamaran cigüeña, lo que le hacía gracia al pequeño animal que ya tenía más nombres que tamaño. A pesar de su gran trabajo el colibrí era un ave que generaba ideas.
Se hablaba de los besos que ofrecía según la flor:
Besos profundos para el gladiolo.
Besos suaves para la rosa.
Besos de puntilla para la sangre de Cristo.
Y hasta se decía que tiraba besos a la rosa del Perú porque cada vez que intentó besarla directamente le causaba estornudos.
Día tras día trabajaba el colibrí del amanecer al atardecer, recorriendo llanos y montañas, lejos de su casa,
Entre el coqueteo de las flores, el bzzzzz bzzzzz de los insectos y el uuuuuhhhhh del viento que no pocas veces le dificultaba su labor.
Y no se sabe por qué al pequeño animal le pareció que aquel día iba a pasar algo raro. Según su reloj, que como no era de cuerda nunca se atrasaba, debía ser más o menos las doce del mediodía. Entonces, como
sacado de un cuento de brujas, el día comenzó a desaparecer y todo se puso oscuro.
Las flores se cerraron, las lechuzas comenzaron a volar, los grillos empezaron a cantar, las gallinas se fueron
a acostar, y los cocuyos, haciendo un gran esfuerzo, comenzaron a encender sus linternas. Se hizo un
silencio tal que no cabía en la loma. Sólo de vez en cuando el canto del grillo lo interrumpía.
Como estaba tan lejos de su casa el colibrí se sintió perdido.
-¡Hum ¿qué estará pasando aquí? –se preguntó.
-¿No lo sabes? –preguntó doña Lechuza extrañada.
-¿Saber qué? –contestó el ave.
-Hoy el señor Sol decidió irse a la cama más temprano. Dijo que es su día de eclipse, que en su lenguaje significa vacaciones. Dice que está muy cansado. Y como él manda casi todo el mundo adelantó el día.
Perplejo, sin encontrar qué hacer, el colibrí pensó que lo mejor sería pedir consejos a la lechuza. Porque a decir verdad, no tenía ni idea de cómo regresar. De noche siempre dormía.
-Móntate encima de mí, que te llevaré a tu casa. Recuerda que puedo ver en las noches y tú no, -dijo doña Lechuza.
Se quedó pensativo, dudoso, sin saber qué contestar. Y comenzó a hacerle preguntas sobre historias que
cuentan por ahí en las que dicen que las lechuzas son aves de mal agüero y que son brujas, que salen a volar cuando está oscuro.
-Tú decides, le contestó ella incómoda. A quien te conviene es a ti.
No teniendo otra salida el colibrí aceptó la propuesta.
Montado sobre la gran ave semejaba un bulto pegado a su espalda. Y fue así como surgió la leyenda de la lechuza jorobada que cruza el monte en los días de eclipse.
Pegado a la lechuza el colibrí cruzó la loma. Viendo al ave nocturna realizar paradas para orientar a pichones que por primera vez habían salido fuera de sus nidos, mostrarle el camino a hormigas que habían perdido su ruta, ayudar a recoger sus hijos a algunas arañas que se quedaron con sus telas a medio tejer, lo que causó gracia a mosquitos que muy pronto se convertirían en sus presas. Y no faltó la ayuda prestada a algún cocuyo que tenía problemas para que su linterna encendiera.
¡Qué necedad la del sol! –dijo la lechuza ¡Mira los problemas que ha causado al acostarse tan temprano!
¡Al fin en casa! –dijo aliviado el colibrí. Pero otras sorpresas le esperaban. En su árbol encontró pájaros a los que no había visto nunca antes! Claro, era que se habían extraviado!
Aunque era muy celoso con lo suyo los aceptó. Entre ellos había algunos interesantes, también eran colibríes, pero diferentes. Se la pasaron contando historias de primos cubanos, puertorriqueños y de otras tierras. Y fue así como supo el colibrí de todas las especies de su tipo que se encuentran en las islas del Caribe. Trató de dormir, pero no pudo. Y aunque el gallo cantó tarde para anunciar el nuevo día lo encontró con los ojos muy abiertos.
Sintiéndose contento de conocer otras aves como él, las invitó a quedarse a vivir en su árbol. Complacidos aceptaron la invitación. Y es por eso que, a partir del día del eclipse, una bandada de colibríes cada mañana besa las flores, produciéndose el milagro de ver nacer, en cada temporada, una montaña de flores y de escuchar en cada niño el piar de pequeños colibríes.
Por eso, de cuando en cuando, el pícaro Sol se esconde para que el amor renazca.

©Margarita Luciano López
Premio Nacional de Literatura Infantil